Sobreviviendo 2026

Sobreviviendo 2026

Ok, nuevo mundo. Se cayeron las máscaras. Manda el más fuerte y hace los acuerdos que le convienen. Ya ni disimulan.

¿Y yo qué?

Tengo mis alianzas. Grupos productivos, gente que conocí laburando, amigos que se volvieron socios y socios que se volvieron amigos. Ofrecemos servicios, resolvemos problemas, construimos cosas. Nuestros clientes están en riesgo —algunos más que otros— pero seguimos remando juntos. Hay algo reconfortante en eso: la red que tejimos durante años ahora nos sostiene. No es mucho, pero es genuino.


Odio los genocidios.

Lo escribo así, directo, porque no hay forma elegante de decirlo. Es como aceptar que la vida no vale nada. Que algunos pueden decidir quién respira y quién no. Que hay vidas descartables. Y eso me rompe por dentro.

Pienso en esto más de lo que debería. ¿Qué es lo contrario de un genocidio? Tiene que existir una palabra. Si tenemos un término para la destrucción sistemática de un pueblo, ¿por qué no tenemos uno para lo opuesto?

¿Una panespermia? ¿Un panteísmo? ¿Un big bang de humanidad?

Me puse a buscar y no encontré nada. Hay palabras para matar en masa pero no para vivificar en masa. Eso dice algo sobre nosotros como especie, ¿no?

Entonces inventemos. Propongo: un festejo de la vida y del amor.

No. Mejor: una promoción.

Porque festejar es pasivo, es mirar desde afuera con una copa en la mano. Promover es actuar, es multiplicar, es meter las manos en la tierra. Es elegir todos los días que la vida vale la pena, que cada persona merece existir, que el amor no es un sentimiento bobo sino una fuerza que construye mundos.


La muerte es un derecho, no una obligación.

Suena fuerte pero pienso que es importante distinguir. Elegir cuándo y cómo partir debería ser una libertad. Que te elijan la muerte otros, eso es esclavitud. Eso es genocidio. Eso es lo que no podemos aceptar.

El problema, señor, será siempre sembrar amor. -Silvio Rodríguez

Silvio lo tenía claro. El problema es siempre el mismo: sembrar. No cosechar —eso viene después si viene— sino el acto de poner la semilla en la tierra sin garantías. Sembrar esperanzas para cosechar alegrías, o para no cosechar nada, o para que coseche otro que ni conocemos.


Suena cursi quizás. Utópico. Ingenuo en un mundo donde los tanques avanzan y los algoritmos deciden quién ve qué.

Pero es lo único que tiene sentido cuando todo se desmorona.

¿Qué alternativa hay? ¿Volverse cínico? ¿Aceptar que el más fuerte siempre gana y acomodarse del lado del poder? Algunos eligen eso. Los entiendo, incluso. El cinismo es una armadura cómoda.

Yo no puedo.

No porque sea mejor persona —no lo soy— sino porque no me sale. Algo en mí sigue creyendo que las cosas pueden ser distintas. Que cada acto pequeño de resistencia, de amor, de construcción colectiva, es una semilla. Que las redes que tejemos son más fuertes que las cadenas que nos imponen.

Quizás estoy equivocado. Quizás 2026 me demuestre que el cinismo era la respuesta correcta.

Pero mientras tanto, sigo sembrando.